La nueva criatividad
Cuando el peque era muy peque, con la flaca resolvimos de forma práctica esta cuestión de los cuentos antes de dormir. No teníamos ni tenemos mucha cosa en Braille y, por otro lado, en lo particular soy bastante lerdo en la lectura de este sistema, así que optamos por inventarnos las historias.
Si bien el chiquitín no era particularmente exigente con la calidad del relato, este debía tener una cierta coherencia y algunos puntos esenciales de un relato más o menos interesante para un niño. Y al ser un acto cotidiano, requería de una cierta gimnasia creativa.
Cada uno se creó sus personajes básicos y algún protagonista que permitiera siempre partir de una base sin tener que reinventar la rueda cada vez, a veces encadenando historias y otras dejándose llevar condestino incierto, lo que más o menos facilitó un poco el asunto.
En esa época, Mate tuvo la suerte de disfrutar de una programación de calidad en el proyecto Pakapaka, con programas como Minimalitos, Amigos, y su adorado Zamba —con quien nosotros también nos enganchamos mirando—, cosas que ya parecen de otro tiempo y otro país.
Por lo que el centro de la escena de mis relatos estaba en su propia escuela, y los protagonistas eran los propios chicos, los granaderitos y sus mil aventuras. No fueron grandes historias, probablemente, pero él lo disfrutaba mucho, al punto de exigir más de un relato cuando algo le gustaba en particular.
Supongo que esto fue decayendo cuando, en el comienzo del confinamiento del 20, aprendió a leer jugando con unas letras de goma eva. Una curiosidad sin fin y mucho tiempo compartido entre los tres hicieron que supiera leer con 4 años y empezara a involucrarse con los maravillosos libros.
La flaca encontró un hermoso proyecto llamado “Club Semilla”, pensado para peques, al que nos suscribimos y el enano esperaba con ansias cada mes para el envío de un libro y un regalito. Devoró esos libros sin contemplación y atesoró cada regalito de esa editorial, hasta que la crisis no les permitió continuar con el proyecto.
El tiempo pasó, las pantallas invadieron nuestras vidas y la cosa cambió un poco. Sus papás extrañamos a esa pulga lectora, pero también intentamos adaptarnos a los tiempos que corren, pinchándolo un poco para que no deje del todo ese pequeño mundo donde también fue feliz. Y donde todos deberíamos encontrar espacios, en el inconmensurable universo del relato.
Pero hace unas semanas, no sé bien a cuento de qué, Mate me plantea seriamente, con esa voz que va ganando frecuencias graves:
—Papi, ¿me contás esta noche uno de esos cuentos que inventabas de los granaderitos?
Lo que me descolocó un poco, pero, un poco conmovido por el recuerdo, respondí que sí.
Y cuando se hizo la hora y recordé su pedido, el vértigo de haber perdido esa gimnasia inventiva y el miedo a quedar como un ridículo ante este ser grandote me hicieron cometer un delito.
Abrí una interfaz de chat con una IA y le pedí que me diera algunos argumentos sobre la base de los personajes ya descritos. Después de las primeras basofias argumentales que me tiró, hubo dos que me interesaron y sobre las cuales pude más o menos construir mi relato. Que, por cierto, fue bastante escueto y poco creativo.
Lo que me plantea un futuro conflicto. Ahora la pelea es no volverse un maldito vago en un acto tan humano como la creatividad. “La pereza es la madre de todos los vicios, y como madre se la respeta”, dirían Les Luthiers. Pero triste será el futuro si hasta un relato tiene que ser procesado por un conjunto de algoritmos informáticos.
¿Será el maldito fin de la creatividad en manos de la criatividad? Espero que no.