Modo estoico activado
Estoy sentado en un incómodo sillón de la peluquería a la que solemos ir con mi niño grande, esperando a que el tipito siga quitando el cabello sobrante donde aún queda. De repente, esa maldita frase da inicio a lo que no tenía ganas de escuchar:
“¡Venezuela libre!”, dijo el dueño del lugar mientras le abría la puerta a otro cliente. No me quedaba otra que suspirar sonoramente, anticipando la molesta sarta de sandeces que seguro acompañarían ese reciente eslogan.
Me irrita la charla insustancial, donde temas complejos se reducen a frases hechas y cargadas de información vomitada como verdades absolutas por gente que no tiene puta idea —al igual que quien escribe— de lo que verdaderamente sucede en Venezuela.
Son inocentes y sumisas víctimas de la información conveniente, repitiendo como loros amaestrados lo que aparece por ahí. Defienden una invasión extranjera como algo positivo, cuando jamás ha salido nada bueno de los lugares en los que esa gente ha incrustado sus garfios.
Me bullen las ganas de preguntarles dónde está todo ese veneno que les brota al hablar de los políticos argentinos y sus acciones.
¿Realmente son tan ingenuos como para creerse las películas propagandísticas con héroes norteamericanos que solo quieren salvar al mundo de todo lo malo, con políticas incorruptibles y acciones motivadas por la simple empatía y el altruismo?
Jamás entenderé ese desprecio por lo local en pos de la admiración gringa, en quienes solo veo avaricia e intereses evidentes, impuestos con excusas baratas que no resisten un pensamiento.
Quizá sea solo eso: la falta de pensamiento, de reflexión, de análisis crítico.
Ni siquiera hablo de “la verdad”, difícil de encontrar en aquellos medios locales y extranjeros que la fabrican a conveniencia. Tampoco hablo de Maduro y sus políticas de mierda, sino del valor verdadero de la mansillada palabra libertad, del principio angular de independencia y de no dejarse violar por intereses de otros territorios.
Territorios que no se preocupan demasiado en ocultar sus intenciones, acusando a los demás de narcopolíticas, de gobiernos peligrosos que aumentan el armamento nuclear, y bla bla bla.
Hoy en día no es necesario ser conspiranoico para afirmar, sin dudas ni ambages, el atroz e ilegal espionaje de los Estados Unidos al mundo entero a través de dispositivos y herramientas tecnológicas después del 2001.
No es nuevo, ni son los únicos. Pero su poderío como potencia mundial, junto a sus políticas empresariales que concentran gran parte de la tecnología que consumimos, hace que su alcance sea tremendamente mayor.
Snowden lo demostró claramente y no hay lugar a dudas. Tampoco es nuevo que se metan en gobiernos de países “convenientes”, como ya ha sucedido incontables veces. Quizá lo único distinto sea la impunidad a cara descubierta.
Mientras pensaba en todo esto, los informados y perspicaces peluqueros —junto a sus clientes— lanzaban sus agudas reflexiones a diestra y siniestra, basados en números que no sé de dónde sacan.
Pero siendo esta una práctica del día a día del presidente argentino, mintiendo e inventando recetas numéricas acaloradamente como un perfecto psicópata, ¿por qué no podrían ellos hacer lo mismo?
Es en esos momentos que aplico el estoicismo teórico, intentando que me resbale todo, al menos por un rato: lo que tarda el profesional manos de tijera en sacar las tres pelusas rebeldes que aún defienden la zona con cada vez menos soldados.
La verdad es que la filosofía estoica está peligrosamente cerca del nihilismo, y no es una zona que me interese. No se puede desactivar lo negativo sin volverse apático. No existe un botón para apagar emociones “malas” y dejar las otras.
El sentir es un todo, y prefiero calentarme de vez en cuando antes que volverme un ser sin empatía, individualista y egocéntrico. Supongo que habrá caminos alternativos, intermedios, alguna colectora más equilibrada.
Mientras busco ese camino intermedio, intento perfeccionar la activación de ese modo sin taparme las orejas y cantar:
“No me impoporta, no me me impoporta…”
No está resultando fácil la cosa, pero no daremos el brazo a torcer así como así.