Todo eso es político
Me encuentro más de una vez escuchando a personas que se definen como puras de pensamiento por no estar interesadas en la política. Que aseguran no estar manchadas por lo indigno de ese ente abstracto pero intrínsecamente inmoral.
Estas personas, aparte de hacer una obscena simplificación del tema, compactan la política solo como elemento puramente estatal. Como si esa aberración solo fuera potestad de los políticos, que solo nace, se desarrolla y muere dentro de los márgenes del Estado.
Esconden bajo la alfombra todo aquel juego de poderes en el cual se nos obliga a participar desde el mismo momento que comenzamos la vida social. Hacemos política con la familia, los amigos, los vecinos, el trabajo, el amor. Nada escapa a ese concepto, porque es parte de nuestro ADN de seres que necesitan de otros seres para vivir. Lo único que cambia es la escala de aquello que enfrentamos al hacer política.
Si existen reglas, existe la política. Y nuestra vida está construida angularmente desde las reglas. El lenguaje, el contrato social, la formación formal o informal, y todo aquello que implica vivir.
Que a uno le cueste sentirse representado por aquellos que ejercen la política gestora de un país es una cosa, pero otra muy diferente es intentar escapar del tema. Sin duda es algo más simple, que nos libera de tener que analizar, pensar, tomar decisiones, decepcionarse e identificarse. Pero no somos libres de hacerlo.
Vivir no es fácil, pero no hacernos cargo de las responsabilidades humanas, civiles, familiares y sociales no nos hace más profundos, sino todo lo contrario. Tenemos todo el derecho a equivocarnos, pero no a desentendernos. Eso nos vuelve miserables, egoístas, individualistas. Y de eso también hay que hacerse cargo.
Nadie exige el tener las cosas claras y tener todas las respuestas, solo el hacerse las preguntas e intentar responderlas. Equivocarse, golpearse en el camino, aprender, volver a intentar. Crecer. El paso del tiempo en sí mismo no nos regala la sabiduría, solo el abrir la cabeza. El universo es dinámico, responde a las leyes de la naturaleza y requiere adaptación.
Acción-reacción. Causa-efecto. Eso es la política de la vida, y también del Estado. No se trata de adoctrinamiento, sino de concientización.
Olvidar no es sano y no nos vuelve divinos. La memoria responsable nos brinda las herramientas para poder analizar. Buscar pautas, comparar. El recuerdo selectivo quizás sea anestesiante, pero jamás el mentirse a uno mismo va a ayudarnos a construir un mundo mejor.
Solo aquello que duele enseña. Pero la volatilidad de los recuerdos nos empuja al bucle. La memoria no tiene que ver con el odio, el rencor ni la venganza, sino con la experiencia.
La vida no es una red social donde se nos permite disfrazar las cosas, editarlas, esconder lo que nos desagrada y crear una línea de tiempo a nuestro gusto. Es mucho más complejo, profundo y sobre lo que nadie tiene todas las respuestas, tan solo un gran puñado de interrogantes.
Así que no me jodas, todo eso es político.